
Un tipo se pega un chancacazo en auto (un chancacazo múltiple, además). El tipo queda a harto mal traer, porque se el chancacazo es en la cabeza, en su caso. Producto del chancacazo en la cabeza, pierde la memoria: no tiene idea de lo que ha sido su vida en el último año. Parece folletín de Corín Tellado, pero es una de las tramas de la teleserie de TVN. El chancacazeado no se acuerda de que en el último año se enamoró de su kinesióloga y el día del chancacazo había abandonado a su esposa para irse con ella al extranjero. Ya, es teleserie, qué más da. Pero lo que me llamó harto la atención fue la reacción del personaje cuando volvió a ver a la mujer que amaba hasta el minuto en el que se fue a negro: no la recordaba. No, claro, estaba amnésico, se explica que no la recordara “cerebral” o “neuronalmente” hablando. Pero este gallo se fue al chancho: ninguna parte de sí parecía recordarla. O al menos sentir “algo especial” por ella. Ah, mierda, me dije, y eso que esto es una teleserie, el palacio del cliché romántico.
¿Será que los guionistas de TVN postulan entonces que el amor está en el cerebro? Es un tema sabroso. Los que escribieron “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” (no una teleserie, sino una de las películas más románticas según quien escribe esto) se fueron en la otra dirección. Como el “team leader” tras el script era Charles Kaufman, no cayeron en muchos lugares comunes que digamos, y contaron una increíble historia de amor y (des)olvido envasándola en una apariencia bastante poco convencional. Pero era amor del duro, del resistente, del no-olvidable. Acá no había chancacazo en auto. Bueno, no propiamente tal. Era un chancacazo más bien tecnológico. Médico. Cerebral. Dirigido e, incluso, autoprovocado. Pero a pesar del complejo sistema neuroinvasor que mostraba la película, no hubo caso. El manoseado concepto del amor sigue siendo pese al manoseo histérico uno de los misterios más grandes del espacio sideral. La película no se encargó de desentrañar la causa, más bien la rebuscada técnica que destruía conexiones en el cerebro para destruir los recuerdos amorosos, buenos y malos, sólo fue la excusa para reírse un poco del enigma y dejar en claro que aunque el hombre pudiera invadir el caótico mundo mental y controlarlo, hay cosas que se “sitúan” en lugares poco accesibles, tal vez porque sencillamente no están físicamente en ninguna parte.
¿Por qué recordamos el amor? ¿Por qué duele e ilusiona? ¿Por qué “provoca” cosas? Son preguntas que suenan a ¿Por qué estamos acá? Preguntas grandes. Contundentes. Universales. No estoy ni cerca de querer intentar responderlas. En “Eterno...” es cierto, los recuerdos se destruyen. Jim Carrey y Kate Winslet, los protagonistas, quedan igual que el tipo del chancacazo telesérico. Pero basta que sus miradas vuelvan a cruzarse para que todo el efecto dominó vuelva a iniciarse: un dèjá vu edulcorado, un atisbo de lo que fue y es pese a que no exista conciencia “racional” … o tal vez, simplemente la simple idea de que si dos personas tienen que en-amor-arse, no habrá chancacazo capaz de impedirlo.
A falta de respuestas definitivas, yo me quedo con todas las anteriores.