
No, no me gustan los Chancho. No es que me desagraden tampoco, pero no me compraría un disco de ellos ni me sentaría tampoco a escucharlo. De hecho, cuando A-Ha vino a Viña y yo estaba en la galería cantando a todo pulmón “Take on me”, “Hunting high and low” y “The sun always shine on TV” entre otros temazos, había a mi alrededor un mar de Juanitos, vestidos de mil formas y de mil colores distintos. Hasta Ruperto y el Chapulín Colorado tenían su versión “marrana”. Y lo pasé bien cuando los Chancho salieron a escena. Pero de ahí a que sean parte de mi colección musical...
¿Cómo le pude sacar esta foto a un Juanito, entonces, si no formo parte de los Hermanos Marranos ni grito “Viva Chile mierda y los Chancho en Piedra” después de un Ceacheí? Porque es mío.
Este chicuelo llegó a mi vida cuando yo era un chicuelo también. No tendría más de tres años cuando lo veía todos los días en la vitrina de una tienda y me empezó a flechar porcinamente. Con el correr del tiempo ya empecé a hacer berrinches y pataletas y casi patadas y llantos en el suelo rogando que me lo compraran y recibiendo continuas respuestas negativas ante mi petición. La manipulación le sienta bien a los pendejos, porque lo conseguí. Nunca lo usé como alcancía eso sí, que era su finalidad última. Nunca habría tenido mucha plata para llenar tamaña alcancía, tampoco.
Pero el chancho amarillo, como se empezó a llamar en mi casa, pasó a formar parte del inventario y se acomodó arriba del refrigerador. Después de amarlo con furor empecé a detestarlo con la misma furia cuando me pegué en la boca con él y me hizo sangrar. Hasta ahí llegó el romance (ja!). Pero las familias crecen, llegan los primos chicos y pendejo que pasaba por mi casa se flechaba también con el chancho. Hasta el día de hoy.
En fin... Si aparecieran interesados... aunque en mi casa me maten, capaz que la necesidad tenga cara de hereje...


